El día que entendí que conversar también sana

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La terapia llegó después.
Los libros también.

Ambos han sido importantes en mi proceso y siguen siéndolo.
Pero antes de todo eso hubo algo más simple y profundamente humano:
las conversaciones.

Conversaciones profundas, con muy pocas personas.
Personas que no me preguntaban “¿ya estás mejor?”,
sino “¿cómo te estás sintiendo hoy?”.

Personas que escuchaban sin interrumpir, que no buscaban el lado positivo a toda costa,
que no intentaban convencerme de que no era tan grave lo que sentía.

Con ellas podía hablar sin medir palabras.
Podía repetir la misma historia.
Podía llorar o quedarme en silencio.
Y nadie parecía incómodo con eso.

Ahí entendí algo que aún hoy me acompaña:
no todo se sana entendiendo; muchas cosas se alivian cuando no son minimizadas.

Hablar no borró el dolor.
No lo explicó.
No lo acomodó para que se viera mejor.

Pero lo hizo habitable.

Esas conversaciones no me arreglaron.
Me sostuvieron.
Me recordaron que lo que dolía era real y que no necesitaba justificarlo.

Con el tiempo llegaron otras herramientas.
La terapia, los libros y las series, si, muchas series,
que me ayudaron a nombrar lo que antes solo se sentía.
Pero fue esa escucha inicial la que me permitió llegar
hasta el lugar donde me encuentro hoy.

En medio del duelo y de tantas pérdidas visibles e invisibles
descubrí que lo más sanador no siempre es una respuesta,
sino alguien que se quede, que escuche sin prisa y sin juicio.

Desde ahí nace este espacio.
No como un lugar para dar lecciones.
No como un manual para “superar”.

Sino como un lugar para conversar desde lo vivido,
para nombrar lo que pesa,
para validar lo que a veces otros no saben cómo sostener.

Tres años después de mi pérdida, alguien que no estuvo cerca cuando todo ocurrió
y con quien no tenía una relación tan cercana
me dijo una frase que se me quedó grabada:
“Me hubiera gustado haberte acompañado cuando todo pasó”.

Y entendí algo más.

Que nunca es tarde para reconocer la importancia de la presencia.
Que el acompañamiento, aunque llegue después, también sana.
Y que todos merecemos que alguien nos hubiera sostenido
en el momento más difícil.

Eso es lo que hoy deseo para ti que me lees.
Que lleguen a tu vida personas que te acompañen.
Que no te apuren.
Que no minimicen lo que duele.
Que se queden.

Con cariño,
Pao